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En este apéndice intentaré relatar de forma sintética
y a modo autobiográfico, poco menos de tres décadas de vida,
fuertemente ligadas a la paleontología de dinosaurios, desde su
ámbito no formal.
Aunque bien, Mesozoico, es un dominio, por el
momento, carente de historia propia, su génesis se remonta
aproximadamente, al año 1985, cuando a la temprana edad de cinco
años, hojeando una revista infantil “Anteojito” de la época, mi
retina se topó con unos extraordinarios seres que, inmediata y
violentamente fueron absorbidos por una conciencia aún en formación.
A partir de allí, ese imponente “Triceratopo”, un extraño “Styracosaurio”,
el bizarro aspecto de un “Rhamphorhynchus” y un amenazante “Ceratosaurio”,
entre otros, comenzaron a formar parte de mi imaginario visual y a
constituirse en terreno fértil para mis fantasías mitológicas.
Tras este “traumático” suceso, obviamente, comencé a
coleccionar ilustraciones de animales prehistóricos y a investigar,
dentro de mis posibilidades, todo lo referente a ellos.
En un principio, un escollo difícil de flanquear sería propuesto por
el marco político y social de nuestro país, in crescendo en el
escenario somnoliento y desinteresado de la ciudad de Rosario, donde
las ciencias biológicas siempre fueron utilizadas más como una
atractiva fachada que como una actitud comprometida. Esta desidia
podía apreciarse en su plena impunidad tanto dentro de los límites
del Jardín Zoológico de la época como en el esbozo de museo de
ciencias naturales que se encontraban en la ciudad. Ambos, más que
instituciones educativas o de investigación, sólo alcanzaban el
status de colección desbaratadamente exhibida. Décadas más tarde,
sendas instituciones tomarían rumbos diferentes: el Jardín Zoológico
sería desarticulado y reemplazado por un parque educativo para
niños. El museo, por su parte, obtendría una “suerte” de nuevo
impulso tras la relocalización obligada que se debió sufrir debido a
la cuasi destrucción de las instalaciones que ocupaba en la Facultad
de Derecho, a causa de un feroz incendio. Capítulo aparte merece el
Acuario Provincial de Rosario, histórico reducto de funcionarios
fantasma donde ni siquiera la exhibición merece la pena comentar en
estas líneas.
En este marco, promediando los años ’80, Argentina recién ensayaba
la vuelta de la democracia y aún relamía las heridas de Malvinas,
mientras se sumía en el “destape” propuesto en años anteriores por
los capos cómicos Alberto Olmedo y Jorge Porcel. El escenario no se
planteaba pues, para nada propicio para acoger a un pibe ávido de
paleontología y mucho menos en una ciudad mercantilista y
conservadora por naturaleza, cuyos regentes oficiales jamás
propiciaron siquiera interés por las ciencias naturales; a pesar de
ser considerada como el segundo conurbano más importante del país.
En ese contexto, la literatura disciplinar asequible era nula y las
computadoras e Internet, como hoy las conocemos, solo pertenecían a
la utopía onírica de algún tecnópata norteamericano.
Fue así que, por ese entonces, comencé a teorizar ingenuamente,
basándome simplemente en las ilustraciones que conseguía. De esas
conjeturas, de las cuales aún conservo con ternura algunos ensayos,
se derivan afirmaciones tan descabelladas como divertidamente
inocentes.
Varios años más tarde, en los albores de la década
del ’90, llegó a mis manos la primera “Muy Interesante”, publicada
por la editorial García Ferré, y tras ella se suceden un sin número
de ediciones de las publicaciones científicas populares de la época:
“Conocer y Saber” (que más tarde pasaría a llamarse “Conozca Más”),
“Ciencia Hoy”, “Conocer”, etc. Fue entonces cuando comencé a
interiorizarme más profundamente sobre estos fascinantes bichos y su
forma de vida. A medida que me iba sumergiendo cada vez más en su
mundo, exponencialmente crecía mi avidez de experiencias. Corolario
por el cual me dediqué exhaustiva y reiteradamente, a la tarea de
persuadir a mis padres de cambiar los destinos clásicos de
vacaciones, muñido constantemente de ardides del todo multicolores.
El primer objetivo fue la ciudad de La Plata y luego Trelew, donde
por supuesto, los enclaves predefinidos serían los museos de
ciencias naturales que en ellas residían: el Museo de Ciencias
Naturales de la Universidad Nacional de la Plata y el Museo
Paleontológico “Egidio Feruglio”, respectivamente. Este último aún
emplazado en sus antiguas instalaciones.
Es así, como un día como tantos otros, caminando por la zona
céntrica de la ciudad, me topo frente a un afiche promocional
emplazado en la puerta del viejo cine Atlas. Un afiche sintético,
sin ninguna información más que un titulo: Jurassic Park. En
realidad no sabía muy bien de que se trataba y la curiosidad de
apoderó de mi entusiasmo. Sin embargo no le di mayor importancia
pues suponía que tarde o temprano el misterio se develaría. Varios
meses pasaron sin noticia alguna y de vez en cuando volvía a pasar
frente al cine con la esperanza de que la incógnita sea resuelta.
Pero el afiche seguía allí: silente, impoluto... Casi un año
transcurrió hasta que el suceso adquirió un nombre propio y a través
de él, su peso especifico: Steven Spielberg.
Es sólo anecdótico recordar que, una semana antes del estreno ya
tenía mi entrada y que, como corresponde, repetí ese estreno en
varias oportunidades mientras el film estuvo en cartelera. Era
evidente que ese sigiloso afiche había cumplido su cometido con
creces...
Más, no vale la pena ahondar al respecto pues, como es de público
conocimiento, este evento marcó un antes y un después en la cultura
dinosauriana y su onda expansiva nos daría a los aficionados más de
una década de bonanza en lo que a material se refiere.
Aprovechando la oportunidad, me hice a la tarea de engrosar mis
colecciones privadas. Por supuesto que, todo soporte capaz de
reproducir una ilustración de dinosaurio o apenas una palabra
compuesta por el sufijo “saurus”, era santo de mi devoción y de esta
forma los cajones de los muebles de mi habitación se fueron colmando
de toda clase de artículos de lo más disímiles aunque con una
característica bien marcada en común: todos relacionados de alguna
forma con dinosaurios. Esta circunstancia es determinante en la
génesis de una cuantiosa hemeroteca personal prolijamente ordenada y
foliada, así como también de una biblioteca y su correspondiente
videoteca, formada por invaluables ejemplares que grafican de alguna
manera, la evolución del pensamiento paleontológico a través de las
últimas décadas.
Todo este material fue y es consulta obligada al momento de realizar
cualquier tipo de investigación bibliográfica.
Con el paso de los años, el interés se fue derivando hacia otras
direcciones y una pasión que también me había acompañado durante
toda la vida ganó terreno, imponiéndose por primera vez: el
acuarismo. De esta forma tuvo su génesis el Club Rosarino de
Acuariofilia, producto de aunar esfuerzos con algunos colegas de la
ciudad en pos de organizar una agrupación cultora del acuarismo en
todos sus aspectos.
Dicha institución mantuvo ocupada mi atención durante algunos años,
siendo participe de su Comisión Directiva y hasta dirigiéndola como
presidente durante un período, así como también participando del
desarrollo y mantenimiento de su página web.
Con esta etapa como referencia fundamental, y asimismo a causa de mi
trabajo, conocí a ciencia cierta, la potencialidad y el alcance de
ostentar un sitio en la red de redes. Es así que redescubrí a la web
como la posibilidad que desde niño estaba buscando: una publicación
maleable y efectiva, sin restricciones y de alcance global. La
temática estaba dada desde hacía varias décadas.
De esta forma, me aboqué concienzudamente a diagramar las cuestiones
internas que harían las veces de cimiento en este proyecto. Y el
dilema no fue menor pues, si bien el cúmulo de conocimientos reunido
a través de los años no era menor, mi completa carencia de
preparación profesional no me hacían apto para afrontar una
publicación dedicada a la divulgación disciplinar con la seriedad
que buscaba. Es por eso que me decidí entonces, a organizar el viaje
de mi vida, en busca de material de primera mano. Fue así como en
mayo del 2007 viajé a la provincia de Neuquén y la provincia de
Chubut, donde visité todos los enclaves paleontológicos por
excelencia y participé como oyente en las XXIII Jornadas Argentinas
de Paleontología de Vertebrados. En este raid, tuve también el
enorme placer de conocer e intercambiar conceptos con la mayoría de
los profesionales más eximios de la paleontología argentina.
Es de aquí, desde estas mismas bases que Mesozoico.com.ar está
concebida como publicación. Un largo camino que me llevó, desde mi
mismísima infancia hasta hoy, a esta instancia. Creo firmemente que
la difusión de lo que hacemos es uno de los principales legados que
podemos dejar como firma indeleble de nuestro paso por el mundo.
Pongo pues, este medio y todo mi esfuerzo a la entera disposición de
quienes estén dispuestos a colaborar en este proyecto. ¡Sean
bienvenidos!
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